Cuando entré a Tinder por primera vez, pensé que sería como en las películas: swipeo, match, romance, fin. Pero la realidad era más como: swipeo, match, ghosting, repito.
Tenía 24 años, una ruptura reciente y un grupo de amigas que me había repetido tres viernes seguidos que “lo único que necesitas es bajarte la app”. La verdad es que la bajé un martes a las once de la noche, después de medio vino y un capítulo y medio de una serie que ya no recuerdo. La instalé desde el sillón. Mi primer perfil tenía dos fotos sacadas en el living de mi mamá y una bio que decía “amante del café y de los planes a último minuto”, que era mentira en sus dos partes.
El swipe como deporte de salón
Esa primera noche hice match con once personas. Once. Lo recuerdo porque en ese momento me pareció una cifra obscena, casi como ganar la lotería. Esto fue antes de aprender que para la app el match es lo más barato: lo difícil, lo que de verdad cuesta, es que alguien te responda con algo que no sea “hola, qué tal”.
“En Tinder, hacer match es lo más barato. Lo caro es que alguien te responda con algo que no sea ‘hola, qué tal’.”
El primer mensaje me llegó a los cuatro minutos. Era de un tal Vicente, 29, ingeniero, foto con casco de bicicleta, otra foto con un perro que no era suyo (eso lo confesó después, en la cita). Decía: “Hola, qué tal”. Y yo, que había bajado la app convencida de que iba a ser irónica y distante, le respondí en menos de un minuto.
Lo que nadie te cuenta del primer mes
Lo que nadie te cuenta del primer mes es que es una montaña rusa emocional totalmente desproporcionada para lo que está pasando, que es, básicamente, que estás conversando con desconocidos. Pero el cerebro no entiende esos matices. El cerebro registra cada notificación como un pequeño triunfo y cada silencio como un rechazo personal.
En tres semanas pasé por: dos citas presenciales, una conversación de seis días que terminó sin razón aparente, un chico que me preguntó si “era más bien casera o más bien fiestera” como si fuera un examen de admisión, y una noche entera mirando el techo preguntándome qué significaba que el de la foto del Cajón del Maipo hubiera leído mi mensaje a las 23:47 y no hubiera respondido.
El primer match que importó
El primer match que importó —importó en el sentido de que cambió algo, no en el sentido de que terminara bien— se llamaba Tomás. Tenía 31, trabajaba en una agencia, vivía solo en Providencia y tenía el tipo de bio breve que me hizo pensar “acá hay alguien que se toma esto en serio sin tomárselo demasiado en serio”. Hablamos cuatro días por la app, dos por WhatsApp, y el viernes a las ocho me estaba esperando en un bar de barrio con una camisa que claramente había planchado hacía rato.
De esa cita se podría escribir un capítulo entero. De hecho, lo voy a hacer. Pero por ahora basta con decir esto: salí caminando del bar pasada la medianoche, con frío y con la sensación rara de que algo había cambiado. No porque me hubiera enamorado —no me había enamorado— sino porque por primera vez había usado la app para algo que se parecía a lo que dicen los anuncios. Había salido. Había conocido a alguien. Había vuelto a casa. Y había sobrevivido.
Tres días después, Tomás me ghosteó. Pero esa, también, es otra historia.
Fin del capítulo 01